Todos los profesores deberían someterse al menos una vez al año a un sorpresivo test de detección de drogas en el centro. Recuerdo, hace veintitantos años, que una de las estudiantes de la facultad de humanidades, diplomada en enfermería, comentó después de una arbitraria e irracional evaluación en determinada asignatura que el docente evidenciaba signos físicos y sobre todo en su conducta de haber consumido cocaína. Ante estas situaciones la respuesta de los órganos de gobierno académico es nula, o peor aún, de respaldo grupal al colega y escarmiento para el denunciante.
